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Capítulo 4 Promesas en la Penumbra

La tarde en el apartamento era un campo de batalla entre el deber y el deseo. Lisa intentaba memorizar artículos sobre el Código Civil, pero las palabras se emborronaban. Cada vez que cerraba los ojos, no veía leyes, sino la forma en que la polo de Ben se ajustaba a su torso, o el rastro eléctrico que sus dedos habían dejado en su palma.

A las tres de la tarde, el hambre la obligó a salir de su burbuja. En la cocina, Noelia y África la esperaban como dos felinos acechando a su presa.

-¿Se puede saber qué desayunaste que te tomó tanto tiempo volver? -preguntó Noelia con una sonrisa de suficiencia mientras servía la comida-. Normalmente a las cinco y media ya estás aquí, y hoy casi te dan las ocho.

-Ben me invitó a desayunar -soltó Lisa, intentando mantener la voz neutral.

Las dos amigas se congelaron. Se miraron entre sí y luego a Lisa, como si le hubiera crecido una segunda cabeza.

-¡¿Ben?! -exclamaron al unísono-. ¿O sea que el "jefe de los músculos" ahora tiene detalles románticos de buena mañana?

-No fui sola con él, estábamos todos los del turno -se defendió Lisa, aunque el rubor que le subía por el cuello contaba otra historia-. Preguntadle a Sara o a Gigi, ellas estaban allí.

-Ay, nena, no nos des explicaciones -dijo África, acercándose con esa mirada depredadora que tanto la caracterizaba-. Nos encanta que salgas. Y si es con un ejemplar como ese... ¡por favor! Mira, es guapo, es fuerte, tiene esa voz que te hace vibrar hasta el apellido... si decides llevártelo a la cama y dejar que te use como su gimnasio personal, ¡perfecto!

-¡¿África?! -Lisa casi escupe el zumo, escandalizada.

-¡¿Qué?! -África se pasó la mano por los labios, bajando lentamente por su propio cuello mientras se mordía el labio inferior con un deseo fingido pero muy explícito-. No me digas que no has pensado en cómo se sentirían esos brazos rodeándote. Ese hombre es pura dinamita, Lisa. No dejes que ese cuerpo pase hambre, que tú tienes una cara de "necesidad" que no puedes con ella.

Lisa sacudió la cabeza, avergonzada y muerta de risa a la vez.

-Solo somos amigos. Punto final. No hay nada más.

-Así se empieza -sentenció Noelia desde la estufa-, y terminas pidiendo postre por la mañana, por la tarde y por la noche.

Se refugió en su habitación escoltada por las carcajadas de sus amigas, que seguían fantaseando en voz alta sobre "el postre" del desayuno. Lisa intentó estudiar, pero los artículos de la Constitución empezaron a mezclarse con la voz profunda de Ben.

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A las 18:30, Lisa decidió que ya no podía leer ni una línea más. Se dio una ducha larga, dejando que el agua recorriera su cuerpo mientras se imaginaba, por un segundo, que eran las manos de Ben las que la enjabonaban. Se estremeció. Eligió un perfume con notas de vainilla y ámbar, algo dulce pero provocador, y se vistió con el uniforme que ahora sentía como una armadura de seducción.

Al llegar al Malibú, el aire ya pesaba con la promesa de la noche. En la puerta, Ben hablaba con Rodrigo. La luz de los neones exteriores resaltaba el relieve de sus bíceps y la firmeza de su mandíbula.

-Hola, Rodrigo -saludó Lisa, tratando de sonar casual.

-Hola, preciosa. A ver si hoy los clientes se portan mejor que ayer -rio el portero.

-Buenas noches, señorita -intervino Ben. Su voz bajó un octavo de tono, volviéndose más íntima, más peligrosa.

-Hola, Ben -respondió ella, y por un segundo, sus miradas se anclaron. Él cumplía su promesa: no había noche que no la hiciera sentir el centro de su universo.

-Tengo que hablar contigo sobre la organización del almacén y el inventario de esta noche -dijo él con una seriedad que Lisa supo que era una fachada.

-Vale. Dejo mis cosas y te busco.

Lisa entró en el local, que aún estaba a media luz. Al llegar antes que el resto de las chicas, el pasillo hacia los vestuarios estaba desierto y sumido en un silencio sepulcral. Justo cuando llegaba a la puerta del almacén, una mano firme pero delicada la tomó del brazo.

Antes de que pudiera reaccionar, Ben la guió hacia el interior del almacén, cerrando la puerta tras de sí. El espacio era pequeño y olía a cartón y madera. Lisa se quedó atrapada entre la estantería y el cuerpo imponente de Ben. Estaban a centímetros; podía oler su perfume, sentir el calor que emanaba de su pecho. Su corazón empezó a latir con tal fuerza que temió que él pudiera escucharlo.

Ben notó ese destello de pánico instintivo en los ojos verdes de Lisa, ese rastro de sus traumas pasados, y se detuvo de inmediato. No intentó tocarla más. En lugar de eso, se inclinó hacia su oído, dejando que su aliento cálido rozara su piel.

-Siempre estás muy guapa. Quería que lo supieras antes de que empezara el caos -susurró con una sonrisa que ella pudo sentir aunque no veía.

Ella se tensó. El miedo de sus traumas pasados, ese instinto de "vete de aquí", asomó por sus ojos verdes. Ben, que leía su cuerpo como si fuera un libro abierto, se detuvo en seco.

Lisa cerró los ojos, atrapada entre el deseo de que la soltara y la necesidad agónica de que la apretara contra él.

-¿Te gustaría... -empezó Ben, separándose lo justo para mirarla a los ojos- ...cenar conmigo alguna vez? En un lugar con menos gente, donde no tengamos que gritar para escucharnos.

Lisa, con la voz atrapada en la garganta y los nervios a flor de piel, simplemente asintió. Una invitación a cenar. Una cita de verdad.

Ben sonrió, satisfecho, y se dispuso a salir, pero se detuvo en seco antes de abrir la puerta.

Ben se separó un centímetro, mirándola con una intensidad que la dejó desnuda.

-Ahh, se me olvidaba... -dijo con una sonrisa cargada de picardía-. Me muero por besarte. Me muero por saber a qué saben esos labios. Pero no voy a hacerlo. No hasta que tus ojos me supliquen que no me detenga. No quiero que me tengas miedo, Lisa. Quiero que me desees tanto como yo a ti.

Lisa sintió un vacío en el estómago al escucharlo. Quería gritarle que lo hiciera, que rompiera el hielo de una vez. Pero él, en un movimiento lento y tortuosamente tierno, acortó la distancia y posó sus labios en su mejilla.

No fue un beso rápido. Fue una caricia húmeda, firme, que duró varios segundos. Ben succionó ligeramente la piel de su mejilla antes de separarse, dejando un rastro de fuego allí donde había tocado.

-Disfruta del turno, abogada -dijo él antes de abrir la puerta y salir, dejándola temblando en la penumbra.

Lisa se quedó apoyada contra las botellas, con la respiración entrecortada y la mano en la mejilla. El beso le había sabido a poco, a una promesa de algo mucho más profundo y carnal que estaba por venir. Por primera vez en su vida, Lisa no tenía miedo de lo que un hombre pudiera hacerle; tenía miedo de lo mucho que quería que Ben lo hiciera todo.

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