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Capítulo 2 Seguridad Compartida

La sorpresa operó en mí como un anestésico inmediato, congelando mis músculos y reduciendo mi universo al espacio que ocupaba aquel hombre en el umbral. La mente humana, tan adicta a las etiquetas y a los contextos seguros, suele cortocircuitar cuando las piezas del puzle cambian de tablero. Para mí, Ben pertenecía exclusivamente al ecosistema del Malibú: un entorno de neón, hormigón y ruido sordo donde él era la autoridad invisible que operaba en las sombras para que el engranaje de la noche no descarrilara. Verlo allí, recortado contra un fondo de pinos y bañado por una luz solar que revelaba los matices dorados de su piel, me resultaba casi irreal. Era como despojar a un depredador de su camuflaje nocturno y descubrir que, a plena luz del día, su magnetismo no dependía del misterio, sino de una presencia física rotunda.

— Pasad, no os quedéis en la puerta —la voz de Ben rompió el bucle de mi parálisis. Era el mismo registro grave y roncamente pausado que usaba en el local, pero desprovisto de la arista cortante del uniforme. Sonaba extrañamente hospitalario.

Al cruzar el umbral, me obligué a contraer los hombros, buscando reducir mi propio espacio vital. Sin embargo, la física de la cabaña parecía jugar en mi contra. Al pasar junto a él, percibí el sutil desplazamiento de aire que provocaba su cuerpo y el aroma a café y madera limpia que emanaba de su ropa. Vio cómo los haces musculares de sus brazos se tensaban bajo la camiseta informal al apoyarse en el marco para cederles el paso. No era un gesto de superioridad, sino una demostración consciente de espacio y respeto. Una coreografía silenciosa que a mí me obligó a contener el aliento.

— Ben, ellas son Noelia y Lisa —anunció África, cuya voz destilaba una satisfacción casi insoportable. En su tono vibraba el orgullo de la amiga que cree haber dado la sorpresa del siglo.

— Ya lo conozco —mi réplica brotó de forma automática, con una nitidez y un aplomo que me tomaron por sorpresa a mí misma. Fue un mecanismo de defensa puramente instintivo: delimitar el terreno antes de que las suposiciones de sus amigas o la situación me desbordaran.

Ben arqueó una ceja, un movimiento milimétrico que transformó su expresión de severa a curiosa. Sus ojos oscuros descendieron por mi figura con una lentitud deliberada. No era la mirada lasciva que yo tanto temía y repelía en los clientes del club; era el escrutinio de alguien intentando encajar una anomalía en su base de datos. Al sentirme observada bajo esa nueva lente, experimenté una oleada de calor que trepó por mi cuello, amenazando con delatar el vuelco que acababa de dar mi ritmo cardíaco.

— No es de la manera que pensáis —añadí de inmediato, ejecutando un leve giro de ojos que pretendía restar solemnidad al asunto—. Somos compañeros en la discoteca Malibú. Soy camarera allí. Desde hace tres semanas.

— Jamás hubiera pensado nada malo de una señorita como tú —respondió él.

El uso de la palabra «señorita» no sonó anticuado en su boca, sino cargado de una ironía fina, casi juguetona. Una pequeña sonrisa, imperceptible para cualquiera que no estuviera analizándolo al milímetro, curvó la comisura de sus labios. Era una forma sutil de decirme que, a pesar de estar fuera del trabajo, él seguía llevando el control.

El interior de la cabaña principal resultó ser un hervidero de rostros conocidos que terminó de descolocar mi mapa mental. Gigi y Sara, mis compañeras de los turnos de la barra, aparecieron en el pasillo central, desprovistas también del maquillaje recargado de la noche.

— ¡Lisa! ¿Qué haces aquí? ¿Cómo conoces a estas locas? —preguntaron entre risas, envolviéndome en un abrazo cálido que olía a protector solar.

— África y Noelia son mis amigas de toda la vida. Crecimos juntas —expliqué, sintiendo cómo la rigidez de mi postura cedía un milímetro bajo el peso del alivio.

La revelación de que el grupo de la universidad —donde Noelia y África estudiaban— y el personal de la discoteca compartían un nexo común de amistades cruzadas operó en mí como un bálsamo. El mundo, descubrí con cierta ironía, no era más que un pañuelo donde los hilos terminaban siempre por enredarse, rompiendo los compartimentos estancos en los que yo intentaba dividir mi vida para sentirme segura.

— ¡Chicas, vuestra habitación es la del fondo a la izquierda! —bramó una voz desde el piso superior—. ¡Cambiaos rápido y salid, que el agua del muelle está perfecta!

El tránsito hacia el porche, una vez vestidas con la ropa de baño y protegidas por camisolas ligeras, fue un desfile de risas y empujones ajenos. Yo caminaba al final de la fila, como siempre, un poco autoexcluida de la euforia general. Fue en el porche donde Juan, el otro guardia que custodiaba el Malibú, dio la señal para marchar hacia la orilla. En ese instante, Ben, que conversaba con Rodrigo a un lado, giró la cabeza. Sus ojos oscuros colisionaron de nuevo con mis ojos color miel. Sostuvo la mirada el tiempo justo para que el aire se volviera denso y, antes de apartarla, me dedicó una sonrisa abierta, de una calidez que yo no creía que cupiera en aquel rostro de facciones tan duras.

Mis rodillas flaquearon de un modo que consideré humillante.

«Levo tres semanas doblando el lomo en la barra del fondo, soportando borrachos y esquivando bandejas, y este hombre apenas cruzaba palabra conmigo», pensé, sintiendo un nudo de desconcierto en la boca del estómago. «¿Y ahora resulta que en la montaña no deja de sonreírme? ¿Tengo algo en la cara o es que el aire de la sierra le está afectando?».

— Noe —susurré, propinándole un tirón seco en la manga a mi amiga para separarla del grupo.

— Dime, Lisa. ¿Pasa algo? ¿Te encuentras mal? —Noelia se detuvo al instante, escaneando mi rostro con preocupación.

— ¿Tengo algo raro? Sé sincera. ¿El pelo desastroso, la cara sucia, el maquillaje corrido?

Noelia me miró fijamente, parpadeó dos veces y luego dejó escapar una sonrisa ladeada, llena de una madurez que a mí siempre me resultaba un espejo incómodo.

— No, Lisa. Estás guapísima, como siempre. ¿A qué viene esa crisis de repente? Tú no eres así.

— Por nada... olvídalo. Son tonterías mías.

La explanada que moría en el lago era un lienzo idílico de fiesta estival. El pulso sordo de un altavoz lejano ponía banda sonora a una estampa de cuerpos bronceados, botes de cerveza fría y salpicaduras continuas desde el muelle. Mientras el resto de mis amigos se lanzaba de cabeza hacia el agua, yo busqué el perímetro del mapa. Me refugié en la lona de una hamaca arquitectónicamente apartada, bajo la sombra de un sauce. Necesitaba que el sol templara el frío residual de sus propios muros, pero la paz me duró poco.

— ¿No vas al agua? —la voz de Ben, con ese timbre profundo y demasiado cerca, la sobresaltó.

Se había aproximado con una agilidad silenciosa. Se sentó en la hamaca contigua con total naturalidad, estirando sus piernas largas. Tenía el torso desnudo, revelando una anatomía fuerte y esculpida que a mí me hizo apartar la mirada disimuladamente. Aquella cercanía física ponía a prueba mis reflejos defensivos; mi cuerpo me pedía tensarse, pero mi mente se quedaba atrapada en la cadencia de su respiración.

— Luego —atiné a responder, compactando mi postura—. ¿Y tú?

— Yo también esperaré.

El silencio que se instaló entre las dos hamacas no fue el vacío incómodo de dos extraños que no saben qué decir; fue un silencio denso, cargado de una tensión que yo sentía en la piel. Era la primera vez que un hombre reducía mi distancia de seguridad sin que yo activara el protocolo de huida inmediata. Fue Ben quien rompió el hielo, con una sinceridad que no esperaba.

— No era mi intención ponerte en una situación comprometida antes, con tus amigas —dijo, sentándose un poco más cerca.

— No te preocupes, está bien —respondí, devolviéndole una sonrisa tímida—. Es solo que me pilló por sorpresa.

— ¿Cómo es que no recuerdo haberte visto en la discoteca? —preguntó Ben, y en sus ojos oscuros se instaló una curiosidad genuina—. Normalmente me quedo con las caras de todo el mundo.

— Solo llevo tres semanas —bromeé, intentando que el tono ligero camuflara el vuelco de mi corazón—. Y tú... bueno, siempre pareces muy ocupado siendo «el jefe de seguridad». Estás siempre en el rincón más oscuro, vigilando con cara de pocos amigos.

Ben soltó una carcajada limpia, un sonido grave que vibró en mi pecho como una corriente eléctrica.

— Es verdad. El trabajo exige parecer serio, no te lo voy a negar. Mi cometido es cuidar de que nadie haga tonterías y que estéis seguras. Pero... —hizo una pausa, mirándome fijamente con sus ojos oscuros mientras yo le sostenía la mirada—, es raro que no me haya fijado antes en una camarera tan guapa como tú.

Mi corazón ejecutó un vuelco violento. Aquella frase directa, desprovista de los rodeos habituales de los chicos de mi edad, la desarmó. Bajé la vista hacia mis propias manos, sintiendo que mis mejillas se encendían.

— Y es raro que lleves aquí dos horas y ya me hayas lanzado más piropos que en toda mi vida. Seguro que se lo dices a todas las nuevas.

— Solo a las que me gustan —soltó él, directo como una flecha. Me quedé sin palabras, atrapada en la red de mi propia timidez. Entonces, Ben se inclinó un poco hacia mí, reduciendo el espacio físico y mental que nos separaba—. Te tengo que contar un secreto.

La proximidad de su rostro actuó sobre mí de forma hipnótica. Me acerqué un poco, intrigada, olvidando por un segundo que mi regla de oro era no dejarse acorralar.

— En realidad... sí sabía quién eras.

Me separé de golpe, con los ojos como platos, sintiendo cómo el orgullo herido y la sorpresa se mezclaban en mi pecho.

— ¿Entonces por qué has fingido que no me conocías en la entrada?

— Señorita —dijo Ben, disfrutando de mi confusión con una mirada cargada de diversión—, soy el responsable de seguridad. Tengo que saber quiénes trabajan en el local mucho antes de que pisen la discoteca. Sé quién eres desde antes de que entraras por esa puerta. Tenemos que saber quiénes son «de los nuestros».

Mi timidez comenzó a librar una batalla interna contra una creciente admiración. Aquel hombre no era solo fachada o fuerza bruta; poseía una inteligencia y un control que desmontaban todos mis prejuicios. Sin embargo, me sentí vulnerable, un sentimiento que detestaba.

«He estado haciendo el papel de la compañera sorprendida mientras él ya manejaba toda la información», pensé, sintiéndome expuesta.

— He quedado como una tonta —murmuré, abochornada, desviando la mirada hacia el agua para que él no viera el impacto de sus palabras.

— Al contrario —la voz de Ben descendió un octavo, tornándose más suave, casi confidencial—. Me sorprendió gratamente verte aparecer por el camino, no figurabas en mi previsión del fin de semana. Pero te aseguro que me alegro muchísimo de que decidieras venir. Me gusta cuando sonreís, Lisa. Te ves... real. ¿Te apetece que te traiga algo de beber para firmar la paz?

Terminamos compartiendo una cerveza y una charla que fluyó de manera completamente natural, despojándonos ambos de los roles que arrastrábamos de la ciudad. Le hablé de mis estudios de Derecho, de la presión del semestre y de su sueño de ser abogada para ayudar a la gente que no sabía cómo defenderse del sistema. Él me escuchaba con una atención total, procesando cada palabra, demostrando una madurez que rara vez encontraba en los chicos de la facultad. Él, por su parte, me confesó con una honestidad tranquila que aunque llevaba un año en seguridad y el trabajo pagaba las facturas, no era su meta final; quería montar su propio negocio técnico en el futuro y dejar atrás la noche.

De repente, la expresión de Ben se volvió traviesa y se levantó de golpe, rompiendo la atmósfera íntima con una energía contagiosa.

— Basta de cháchara. No hemos venido aquí a dar un seminario de universidad. ¡Al agua!

— ¿Qué haces? ¡No, ni lo sueñes! —protesté, viendo cómo se ponía en pie con una agilidad felina e intentando retroceder en la hamaca, activando mis reflejos de huida.

— No pienses mal —me guiñó un ojo, acortando la distancia en un segundo—, no haré nada que tú no quieras... o tal vez sí.

Antes de que pudiera procesar la amenaza de broma, Ben me tomó en brazos con una facilidad pasmosa que me dejó suspendida en el aire, anulando cualquier resistencia. Solté un grito de sorpresa que terminó en una risa limpia y liberadora mientras él corría hacia el muelle. Ambos caímos al agua, rompiendo la superficie y, al mismo tiempo, la última barrera de hielo que yo me empeñaba en sostener.

---

La tarde cayó y el aroma de la barbacoa empezó a flotar en el aire, tiñendo el ambiente de una calma doméstica. Me acerqué a Ben, que manejaba las brasas con la misma soltura con la que controlaba el club.

— ¿Necesitas ayuda con eso?

— ¡Por fin alguien con buen corazón! —exclamó él hacia los demás, que brindaban con cervezas desde la mesa entre risas lejanas.

Nos quedamos un momento en silencio. Fue un silencio cómodo, de esos que solo se dan entre dos personas que se reconocen como iguales en el esfuerzo diario, que entienden lo que es trabajar duro. Me sorprendí a mí misma relajando los hombros por completo; me di cuenta de que Ben no intentaba invadir mi espacio de forma agresiva, no buscaba ese contacto físico forzado que tanto me agotaba en otros hombres. Él solo estaba allí, presente y respetuoso.

— ¿Así que Derecho? —preguntó él, mirando la etiqueta de la botella antes de darle un trago largo—. Suena a muchas noches sin dormir y a libros bastante pesados.

Solté una risita breve, acomodándome un mechón de pelo detrás de la oreja. Por primera vez en mucho tiempo, no sentía la necesidad de medir cada una de mis palabras por miedo a ser juzgada.

— Lo es. A veces siento que vivo en la biblioteca. Pero quiero ser de las que de verdad ayudan a la gente, ¿sabes? No solo firmar papeles en un despacho bonito con aire acondicionado. Quiero defender a los que no tienen las herramientas para defenderse solos.

Él me escuchaba con una atención casi magnética. No era la mirada de quien espera su turno para interrumpir o soltar una frase hecha; era la mirada de alguien que de verdad estaba procesando el peso de mis palabras.

— Es una buena meta —dijo él en voz baja, con un deje de seriedad—. Tener un propósito claro te ayuda a aguantar el resto de los días.

— ¿Y tú? —lo reté con suavidad, mirándolo de reojo—. No creo que tu plan de vida consistiera en cuidar una puerta toda la noche.

Él bajó la vista hacia el fuego y sonrió con un matiz de amargura vieja, pero libre de cualquier rastro de autocompasión.

— Llevo un año en esto. Paga las cuentas, pero no, no es el destino final. Aspiro a algo mejor, algo donde no tenga que llevar un uniforme que me haga invisible para la mitad de la gente que pasa por mi lado. Algún día quiero montar algo mío, algo técnico. Pero por ahora, aquí estoy, viendo pasar la vida.

Mientras colocábamos la carne en la parrilla, hablamos de la familia. Le conté que mi padre me apoyaba incondicionalmente en mis estudios, aunque no le hacía ninguna gracia que trabajara de noche en un entorno tan expuesto.

— Si no fuera así, no te habría conocido —dijo Ben con una media sonrisa, fijando sus ojos oscuros en mí de un modo que me erizó la piel.

La cena posterior fue un desfile de risas compartidas y miradas cómplices que cruzaban la mesa por encima del ruido del grupo. Sentía que algo profundo en mi interior estaba cambiando de lugar; el miedo y la desconfianza seguían ahí, grabados a fuego por mi pasado, pero la curiosidad y la extraña calidez que Ben me transmitía estaban empezando a ganar la partida.

A la mañana siguiente, el aire frío de la sierra acompañó los preparativos del regreso. Mientras las chicas cargaban el coche para volver a la rutina de la ciudad, Ben se aproximó a mí, que terminaba de ajustar mi mochila.

— ¿Podría hablar contigo un momento?

Mis amigas, captando la señal con miradas pícaras, se adelantaron al coche simulando una prisa repentina. Ben se acercó, lo suficiente para que yo pudiera oler el aroma a café limpio y bosque que desprendía su piel a esas horas.

— ¿Nos vemos esta noche en el trabajo? —preguntó él, con una fijeza que no dejaba espacio a las dudas.

— Sí, hoy tengo turno en la barra del fondo.

Ben dio un paso más, inclinándose ligeramente hacia mi oído. Su aliento cálido rozó mi piel, provocándome un escalofrío que descendió directo por mi espalda:

— Esta vez... me aseguraré de que sepas que te estoy mirando.

Le guiñó un ojo con una promesa implícita y se alejó con paso seguro hacia su vehículo. Subí al coche con una sonrisa que mis músculos se negaban a borrar, sorda por completo a las bromas e insinuaciones que Noelia y África lanzaban desde los asientos delanteros. Miró por la ventana, viendo cómo el lago quedaba atrás, sintiendo la brisa fresca en la cara. El miedo a lo impredecible no había desaparecido de mi sistema, pero por primera vez en diecinueve años, tenía ganas de ver qué pasaba al cerrar los ojos y dejarme llevar.

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