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Capítulo 2 Seguridad Compartida

La sorpresa dejó a Lisa paralizada por un segundo. Aquel hombre imponente no era un desconocido, pero su actitud en la cabaña distaba mucho de la frialdad profesional que mostraba en la **Discoteca Malibú**. Allí, Ben era una sombra vigilante; aquí, bajo la luz del sol que se filtraba por los ventanales de madera, era un torbellino de magnetismo.

-Pasad, no os quedéis en la puerta -dijo Ben con voz firme pero amable.

Al pasar junto a él, Lisa pudo notar el ligero roce del aire que desplazaba su cuerpo. Vio cómo sus músculos se tensaban bajo la camiseta para cederles el paso. Era como una danza de respeto y espacio.

-Ben, ellas son Noelia y Lisa -presentó África con una sonrisa de oreja a oreja.

-**Ya lo conozco** -soltó Lisa de inmediato, con una seguridad que la sorprendió incluso a ella misma.

Ben arqueó una ceja y la recorrió con la mirada, de arriba abajo, tratando de encajar las piezas de un puzle que no terminaba de ver. Lisa, al notar el escrutinio, sintió que el calor subía por su cuello.

-No es de esa manera que piensas -añadió ella, rodando los ojos con un gesto divertido-. Somos compañeros en la discoteca Malibú. Soy camarera allí.

-Jamás hubiera pensado nada malo de una señorita como tú -respondió él, y una pequeña sonrisa, casi imperceptible pero cargada de intención, apareció en sus labios.

Al entrar, la sorpresa continuó. Gigi y Sara, sus compañeras del trabajo, corrieron a abrazarla.

-¡Lisa! ¿Qué haces aquí? ¿Cómo conoces a estas locas? -preguntaron entre risas.

-África y Noelia son mis amigas de toda la vida. Crecimos juntas -explicó Lisa, sintiéndose por primera vez en mucho tiempo integrada en un grupo donde no tenía que fingir ser otra persona. Resultó que sus amigas de la infancia y sus nuevas compañeras de trabajo compartían un pasado en la facultad de **Medicina**. El mundo era, después de todo, un pañuelo de seda.

-¡Chicas, vuestra habitación es la del fondo! -gritó otro de los chicos-. Cambiaos, poneos los trajes de baño y fuera, ¡que el lago no espera!

Corrimos por el pasillo de madera, entre risas y empujones. Al salir, ya listas, nos encontramos con el resto del grupo en el porche. Juan otro de los fornidos guardias de seguridad del Malibú, dio señal de partida. En ese momento, Ben se giró. Sus ojos recorrieron mi figura por un segundo y me dedico una sonrisa que me hizo flaquear las rodillas.

"Llevo tres semanas trabajando a su lado y ni siquiera parecía notar mi existencia", pensé, sintiéndo un nudo en el estómago. "¿Y ahora no deja de sonreírme? ¿Tengo algo en la cara o es que el sol de la montaña le está afectando?".

-Noe -susurré, tirando de su brazo para alejarla un par de pasos del grupo.

-Dime, Lisa, ¿pasa algo? -Me miró con genuina preocupación.

-Tengo algo raro? ¿El pelo, la cara, el maquillaje corriedo?

-No, estás guapísima, como siempre. ¿A que viene eso?

-Por nada... olvídalo, son tonterías mías.

---

Llegamos a la zona del lago, un paraje idílico donde la música de las cabañas vecinas creaba una atmósfera de fiesta estival. Había gente por todas partes: unos jugando al voleibol, otros destapando cervezas frías y muchos lanzándose al agua entre gritos. Mientras el resto del grupo corría hacia el muelle, yo decidí refugiarme en la calma de una hamaca. El sol me calentaba la piel, pero mi paz duró poco.

-¿No vas al agua? -La voz de Ben, profunda y demasiado cerca, me sobresaltó

Se sentó en la hamaca contigua, relajado, con el torso desnudo y esa sonrisa que empezaba a ser mi perdición.

-Luego -atiné a decir-. ¿Y tú?

-Yo también esperaré.

El silencio que siguió fue denso, cargado de una tensión que yo no sabía cómo manejar. Fue él quien rompió el hielo, con una sinceridad que no esperaba.

-No era mi intención ponerte en una situación comprometida antes -dijo él, sentándose más cerca.

-No te preocupes, está bien -respondió ella, devolviéndole una sonrisa tímida.

-¿Cómo es que no recuerdo haberte visto en la discoteca? -preguntó Ben, con curiosidad genuina.

-Solo llevo tres semanas. Y tú... bueno, siempre pareces muy ocupado siendo "el seguridad" -bromeó Lisa.

Ben se rió, un sonido grave que vibró en el pecho de Lisa.

-Es verdad. No quiero ir de sobrado, pero mi trabajo es cuidar de que nadie haga nada delictivo. Pero... -hizo una pausa, mirándola fijamente-, es raro que no me haya fijado antes en una camarera tan guapa como tú.

Lisa sintió que el corazón le daba un vuelco. Bajó la mirada, sonrojada.

-Y es raro que lleves aquí dos horas y ya me hayas lanzado más piropos que en toda mi vida. Seguro que se lo dices a todas.

-Solo a las que me gustan -soltó él, directo como una flecha. Lisa se quedó sin palabras. Entonces, Ben se inclinó hacia ella, reduciendo la distancia-. **Te tengo que contar un secreto.**

Lisa se acercó, hipnotizada.

-En realidad... sí sabía quién eras.

Me separé de golpe, con los ojos como platos. -¿Entonces por qué has fingido que no?

-Señorita -dijo él, disfrutando de mi confusión -, sé quien eres desde antes de que entraras por esa puerta. Soy el responsable de seguridad; tengo que saber quiénes son "de los nuestros".

La timidez de Lisa luchaba contra una creciente admiración. "¿Qué tengo yo para que alguien como él se fije en mí?", pensó.

Me sentí ridícula, como si hubiera estado representando una obra de teatro mientras él ya se sabía el final.

-He quedado como una tonta -murmuré, abochornada.

-Al contrario. Me sorprendió verte aquí, no lo esperaba, pero me alegro muchísimo de que vinieras.

Su confianza me abrumaba. Ben era el paquete completo: atractivo, inteligente, con ese toque de arrogancia magnética. ¿Y yo? Yo solo era una estudiante de leyes intentando sobrevivir al semestre. Sacudí la cabeza para espantar esos pensamientos.

-Me gusta cuando sonríes, te ves muy linda. ¿Te traigo algo de beber?

Terminaron compartiendo una cerveza y una charla que fluyó de manera natural. Ella le habló de sus estudios de **Derecho**, de su sueño de ser abogada, y él le confesó que, aunque llevaba un año en seguridad, aspiraba a algo mejor.

De repente, su expresión cambió a una traviesa.

-Basta de cháchara. No hemos venido aquí a dar un seminario.

-¡Al agua, abogada! -exclamó Ben levantándose.

-¿Qué haces? -¡No, ni lo sueñes! -pregunté, viendo cómo se ponía en pie con una agilidad felina.

-No pienses mal -me guiñó un ojo-, no haré nada que tú no quieras... o tal vez sí.

De repente, sin previo aviso, Ben la tomó en brazos. Lisa soltó un grito de sorpresa y risa mientras él corría hacia el muelle. Ambos cayeron al agua, rompiendo la última barrera de hielo que quedaba entre ellos.

---

La tarde cayó y el aroma de la barbacoa empezó a flotar en el aire. Lisa se acercó a Ben, que manejaba las brasas.

-¿Necesitas ayuda?

-¡Por fin alguien con buen corazón! -exclamó él hacia los demás, que brindaban con cervezas desde lejos y risas.

Se quedaron un momento en silencio. Fue un silencio cómodo, de esos que solo se dan entre dos personas que se reconocen como trabajadores, como iguales en la lucha diaria. Ella se sorprendió a sí misma relajando los hombros; él no intentaba invadir su espacio, no se acercaba más de lo debido, ni buscaba ese contacto físico forzado que tanto la agotaba en otros hombres. Él solo estaba allí, presente.

-¿Asín que derecho? -preguntó él, mirando la etiqueta de la botella antes de darle un trago-. Suena a muchas noches sin dormir y a libros más pesados que mi equipo de radio.

Ella soltó una risita breve, acomodándose un mechón de pelo detrás de la oreja. Por primera vez en mucho tiempo, no sentía la necesidad de vigilar sus flancos ni de medir sus palabras.

-Lo es -asintió ella-. A veces siento que vivo en la biblioteca. Pero quiero ser abogada de las que de verdad mueven algo, ¿sabes? No solo firmar papeles en un despacho con aire acondicionado. Quiero defender a los que no saben cómo defenderse.

Él la escuchaba con una atención casi magnética. No era la mirada de quien espera su turno para interrumpir o para lanzar un cumplido vacío; era la mirada de alguien que está procesando cada sílaba.

-Es una buena meta -dijo él en voz baja-. Tener un propósito ayuda a aguantar el resto.

-¿Y tú? -lo retó ella con suavidad-. No creo que tu plan de vida fuera cuidar una entrada de doce a doce.

Él bajó la vista y sonrió con un deje de amargura, pero sin rastro de autocompasión.

-Llevo un año en seguridad. Paga las cuentas, pero no, no es el destino final. Aspiro a algo mejor, algo donde no tenga que llevar un uniforme que me haga invisible para la mitad de la gente. Algún día quiero montar mi propio negocio, algo técnico. Pero por ahora, aquí estoy, viendo pasar la vida.

Mientras colocaban los pinchitos en la parrilla, hablaron de la familia. Lisa le contó que su padre la apoyaba, aunque no le hacía gracia que trabajara de noche.

-Si no fuera así, no te habría conocido -dijo Ben con una media sonrisa, mirándola intensamente.

La cena fue un desfile de risas y miradas cómplices a través de la mesa. Lisa sentía que algo en ella estaba cambiando; el miedo seguía ahí, pero la curiosidad y la calidez que Ben le transmitía eran más fuertes.

---

A la mañana siguiente, mientras las chicas cargaban el coche para volver a la rutina, Ben se acercó a Lisa.

-¿Podría hablar contigo un momento?

Sus amigas, con miradas pícaras, se adelantaron al coche. Ben se acercó a Lisa, lo suficiente para que ella pudiera oler el aroma a café y bosque que desprendía.

-¿Nos vemos esta noche en el trabajo? -preguntó él.

-Sí, hoy tengo turno.

Ben se inclinó hacia su oído, y su aliento cálido le erizó la piel:

-Esta vez... me aseguraré de que sepas que te estoy mirando.

Le guiñó un ojo y se alejó con paso seguro. Lisa subió al coche con una sonrisa que no podía borrar, ignorando las bromas de Noelia y África. Miró por la ventana, sintiendo la brisa en la cara. El miedo no había desaparecido del todo, pero por primera vez en 19 años, Lisa tenía ganas de ver qué pasaba al cerrar los ojos y dejarse llevar.

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