Mundo de ficçãoIniciar sessãoLa música retumbaba en mi pecho como un latido constante, pesado y eléctrico, que parecía dictar el ritmo de la sangre en mis venas. La zona VIP del Malibú era un santuario de luces tenues, terciopelo oscuro y destellos intermitentes provenientes de las botellas de cristal premium; sin embargo, para mí, todo aquel despliegue de lujo nocturno no era más que el telón de fondo de un juego psicológico mucho más peligroso.
Hoy el aire se sentía distinto. Era más denso, cargado de una estática que no provenía de los altavoces de la sala. Intentaba concentrarme en tus tareas cotidianas, esforzándome en moverme con mi eficiencia habitual entre las mesas bajas y los sofás de cuero, pero mis ojos parecían tener voluntad propia. Cada pocos segundos, mi mirada se escapaba de forma casi magnética, barriendo la penumbra para buscar la figura de Ben en su puesto de control. Y siempre, invariablemente, lo encontraba. Ben no estaba simplemente trabajando; estaba vigilando, pero su objetivo no era la multitud hedonista que llenaba la pista, sino yo. Apoyado contra una de las columnas de hormigón con esa confianza arrogante y natural que lo caracterizaba, el jefe de seguridad procesaba cada uno de mis movimientos desde las sombras. Cuando nuestras miradas chocaban —y lo hacían con una frecuencia casi adictiva—, el tiempo parecía congelarse en mitad del caos de la fiesta. Él no apartaba la vista. Al contrario, sostenía el contacto visual con una fijeza tan intensa que me flaqueaban las rodillas detrás de la barra. Fue entonces cuando, con una lentitud deliberada, Ben me dedicó un guiño cómplice; una chispa de picardía pura que agrietó por completo su fachada de hombre severo. El efecto en mi organismo fue instantáneo: sentí una oleada de calor que trepó por mi cuello hasta invadir mis mejillas, tiñéndose de un rubor que intenté camuflar bajando la cabeza, aunque una sonrisa involuntaria ya tiraba de las comisuras de mis labios. Minutos más tarde, en uno de esos cruces inevitables y envalentonada por la adrenalina de la noche, decidí devolverle el golpe. Cuando él volvió a atraparme mirándolo y repitió el gesto cargado de intención, no me escondí. Sostuve la mirada, le saqué la lengua en un gesto que resultaba infantil y desafiante a la vez, y solté una pequeña risa que se disolvió en el estruendo de la música. Ben sonrió. Fue una sonrisa auténtica, amplia, de esas que rara vez mostraba a los extraños. Por un segundo, el resto de la discoteca pareció desvanecerse. Solo existíamos nosotros dos y esa tensión invisible que tiraba de la cuerda cada vez con más fuerza, anticipando que, antes de que acabara el turno, algo iba a estallar. La euforia de ese último juego todavía me recorría el cuerpo cuando terminé de atender una de las mesas del fondo de la zona reservada. Me recoloqué el uniforme, sintiendo el pulso acelerado, y giré el rostro de forma instintiva hacia el lugar donde Ben había estado apoyado apenas un minuto antes. El hueco estaba vacío. Fruncí el ceño, desconcertada. Mi mirada barrió la zona VIP, buscando su silueta imponente entre las sombras y las luces estroboscópicas, pero no había ni rastro de él. Me di la vuelta por completo, oteando la barandilla superior y los accesos, mientras una extraña sensación de vacío comenzaba a instalarse en mi estómago. Ben nunca abandonaba su puesto de forma tan abrupta sin avisar a su equipo. Tratando de disimular mi repentina inquietud, recogí las bandejas con las comandas pendientes y me dirigí a la barra principal. El jaleo allí era ensordecedor; el tintineo frenético de los hielos y el ritmo de los cocteleros la envolvieron mientras dejaba las notas sobre el mostrador de acero. Fue en ese instante cuando Sara se me acercó, secándose las manos en el delantal y mirándome con una chispa de complicidad contenida que no supe descifrar. — ¡Lisa! —me gritó al oído para imponerse al bajo de la música—. Menos mal que llegas. Estamos bajo mínimos con las existencias de la VIP. ¿Puedes bajar al almacén a traer más refrescos? Los necesitamos ya. — Sí, voy enseguida —respondí, aferrándome al profesionalismo para aplacar mi mente. Terminó de ordenar el mostrador, pero mi cerebro seguía dándole vueltas a la desaparición de Ben. ¿Habría surgido un problema grave en la puerta exterior? ¿Se habría marchado al terminar su turno sin cruzar palabra? Me dirigí hacia la pesada puerta gris que separaba el brillo de la discoteca de la zona de servicio. Al cruzar el umbral, el estruendo de la fiesta se amortiguó de golpe, sustituido por el zumbido monótono de las cámaras frigoríficas y el silencio denso de los pasillos internos. Caminé hacia el depósito con mis pasos resonando secos sobre el suelo de cemento, sin sospechar que cada uno de mis movimientos formaba parte de una estrategia fríamente calculada. No sabía que Sara no necesitaba esos refrescos con tanta urgencia; solo supe, al empujar la puerta y entrar en la penumbra del almacén, que el aire se sentía extrañamente cargado, como si el destino me hubiera estado esperando pacientemente detrás de los estantes. El ambiente en el almacén era espeso, impregnado del olor a cartón húmedo y al metal frío de las estructuras de carga, pero toda lógica desapareció en el segundo exacto en que Ben me empujó suave pero firmemente contra la pared. El impacto de mi espalda contra la superficie rígida no me dolió; solo sirvió para anclarme a la realidad arrolladora de su cuerpo, que se cernió sobre el mío como una tormenta inminente. Él no se precipitó. Se quedó un segundo suspendido en el espacio, con los brazos apoyados a ambos lados de mi cabeza, devorándome con unos ojos oscuros que buscaban cualquier rastro de duda o ese pánico que solía mostrar debido a mis traumas. Pero hoy no había miedo en mis **ojos color miel**; solo un desafío silencioso que él leyó a la perfección. Cuando las manos de Ben bajaron con decisión hacia mi cintura, amoldándose a mis curvas y apretando con una urgencia que me cortó el aliento, el mundo exterior se desvaneció por completo. Entonces, sucedió. Ben acortó la distancia restante y unió sus labios a los míos en un beso que no tuvo nada de tímido. Fue una colisión brutal de deseo contenido durante semanas. Sus labios eran firmes, calientes, y presionaron contra los míos con una intensidad que me obligó a arquear la espalda, buscando más contacto. Sintió el sabor amargo de la adrenalina pura cuando la lengua de él pidió paso, abriéndose camino con una seguridad aplastante para reclamar un territorio que, de algún modo, ya le pertenecía. Me tentó con movimientos lentos pero potentes, explorándome como si quisiera memorizar cada rincón de mi boca. Respondí de forma puramente instintiva. Mis dedos se enredaron con desesperación en la tela de la camiseta negra de Ben, tirando de él, ansiosa por borrar cualquier milímetro de aire que quedara entre nuestros pechos. Una oleada de fuego líquido se expandió por mi vientre, haciéndome sentir salvaje, indómita, olvidando por completo quién se suponía que era y las reglas que me había autoimpuesto para protegerme. Subí las manos hasta su nuca, sujetando su cabeza y hundiendo los dedos en su cabello corto mientras lo atraía más hacia mí, profundizando un beso que se volvía cada vez más hambriento y carnal. En ese rincón oscuro, el tiempo se detuvo; no había pasado que me atormentase ni futuro que planificar. Solo existía la fricción de nuestros cuerpos y el sonido de nuestras respiraciones entrecortadas fundiéndose en una sola. Hasta que el eco de la voz de Mateo rompió el hechizo con la violencia de un jarro de agua fría. — ¡¿Ben?! ¿Estás por aquí abajo? ¡Necesito que cubras la salida lateral ahora mismo, se ha montado un jaleo! El espacio físico se restableció con brusquedad. Ben se separó de mí apenas unos centímetros, lo justo para que el aire frío del depósito se colara entre ambos, haciendo que me estremeciera ante la pérdida de calor. Mis labios estaban hinchados, calientes, y mi pecho subía y bajaba reflejando el incendio que acababa de ocurrir en la penumbra. Ben apretó la mandíbula con fuerza, y por un instante pude ver en sus ojos oscuros una chispa de frustración pura, de deseo interrumpido que lo volvía casi peligroso. Él soltó un suspiro pesado, pasándose una mano por el cabello antes de recuperar esa compostura de acero que constituía su armadura profesional. — Tengo que seguir con el trabajo —dijo, y su voz sonó más grave de lo normal, rota por la cercanía—. No puedo distraerme más. Nunca lo he hecho en este local... pero contigo parece que todo es distinto. Me siento jodidamente disperso cuando estás cerca. Las palabras de Ben se hundieron en mi pecho, dejando una marca más profunda que cualquier contacto físico. El hombre que nunca flaqueaba, el que manejaba el control absoluto de la noche, acababa de admitir que yo era su único punto débil. Se alejó un paso hacia la salida, pero antes de cruzar el umbral, se detuvo y se giró. La luz mortecina del pasillo recortó su silueta, magnificando su envergadura. — ¿Has pensado en lo de venir conmigo mañana a las peleas? —preguntó, directo, despojado de rodeos. El contraste entre la tremenda intimidad del beso y la crudeza de su propuesta ilegal me dejó sin aliento por un segundo. — No lo sé aún... —balbuceé, intentando conectar con la Lisa académica fuera de aquellas cuatro paredes—. Mañana tengo clases por la mañana y después tengo que estudiar. Mi futuro depende de las notas de este semestre, Ben. — Será por la noche, tarde —insistió él, fijando su mirada en mí, leyendo con una precisión quirúrgica mis ganas latentes de decir que sí. — ¿Realmente tengo que ver eso? —preguntó en un susurro, sintiendo una punzada de ansiedad en el estómago—. No me agrada la idea de verte pelear. No quiero ver cómo alguien intenta hacerte daño. Ben esbozó una sonrisa ladeada, esa mezcla exacta de arrogancia callejera y un afecto que se abría paso a la fuerza. — No te voy a obligar a mirar el ring si no quieres, pero me gustaría que estuvieras allí, conmigo. — Realmente no estaría contigo, Ben. Tú estarías ahí abajo, luchando en un cuadrilátero. Él dio un paso corto hacia atrás, reduciendo de nuevo la distancia física aunque esta vez se contuvo de tocarla. — Sí, lo estarías. El simple hecho de saber que estás entre la multitud, mirándome con esos **ojos color miel**... me hará sentir mejor. Me hará ganar, Lisa. Esa confesión terminó por desarmar las últimas defensas de la estudiante de Derecho. ¿Cómo se suponía que iba a negarse cuando él ponía el peso de su propia seguridad y su victoria en mis manos? Asentí casi sin darme cuenta, incapaz de competir contra una lógica tan personal y salvaje. — Envíame tu número para tenerlo en el teléfono —le ordenó de forma suave pero imperativa. Saqué el móvil con manos visiblemente temblorosas y le pasé mi contacto. Al guardarlo, experimenté una punzada de impaciencia absurda, un deseo ridículo de que el teléfono vibrara en mi bolsillo antes de que él saliera de la habitación. Quería que la buscase, quería que la llamara, quería que la arrancara de su rutina perfecta, predecible y segura. — Te recojo en tu portal a las ocho de la noche —sentenció él, convirtiendo la cita en una ley inquebrantable. — Está bien a esa hora —respondí, con la voz reducida a un hilo de seda. Ben no esperó más. Se acercó con la velocidad de un felino, me plantó un beso rápido, casi robado, que me dejó con la miel en los labios, y me guiñó el ojo con esa complicidad que la volvía loca. Acto seguido, desapareció por el pasillo, dejándome sola en la penumbra. Me quedé allí apoyada contra las estanterías de refrescos que supuestamente había bajado a buscar, analizando el caos absoluto que él había dejado a su paso. El calor de su cuerpo seguía impregnado en mi piel, pero un frío repentino me recorrió la espina dorsal al ser consciente de la línea que acababa de cruzar. Me sentía salvaje, indómita. Por primera vez en años, mi pasado traumático no era más que una sombra borrosa y sin fuerza; ahora solo importaba el zumbido de la sangre en mis oídos y la cuenta atrás para la noche siguiente. Mi vida universitaria parecía ahora un mundo plano y aburrido comparado con el incendio que Ben había provocado en mi interior. Solté un suspiro tembloroso y me obligué a moverme. Cogí la caja de refrescos, aunque mis manos aún flaqueaban levemente. Tenía que salir ahí fuera, servir copas, sonreír a los clientes de la VIP y fingir con éxito que seguía siendo la misma Lisa de hacía una hora. Pero mientras caminaba por el pasillo de cemento de vuelta a la barra, saqué el móvil del bolsillo y miré la pantalla iluminada. «¿A quién pretendo engañar?», pensé, mordiéndome el labio inferior mientras devolvía una última mirada hacia la zona donde Ben solía apostarse. «Ya he decidido que voy a ir». No lo veía desde mi posición, pero sentía su mirada grabada a fuego en la piel. La cuenta atrás para las ocho de la noche acababa de comenzar, y por primera vez en mucho tiempo, no tenía miedo de lo impredecible; tenía unas ganas agónicas de que sucediera.






