Mundo de ficçãoIniciar sessãoLa música retumba en el pecho como un latido constante, pesado y eléctrico, que parece marcar el ritmo de la sangre en tus venas. La zona VIP de la discoteca es un santuario de luces tenues, terciopelo oscuro y el brillo intermitente de las botellas de cristal premium, pero para ti, todo ese lujo es solo el telón de fondo de un juego mucho más peligroso.
Hoy el aire se siente distinto, más denso, cargado de una electricidad que no proviene de los altavoces. Intentas concentrarte en tus tareas, en moverte con eficiencia entre las mesas bajas y los sofás de cuero, pero tus ojos tienen voluntad propia. Cada pocos segundos, tu mirada se escapa, buscando de forma casi magnética la figura de Ben en su puesto de trabajo. Y siempre lo encuentras. Ben no está simplemente trabajando; está vigilando, pero no a la multitud, sino a ti. Está apoyado con esa confianza arrogante que lo caracteriza, observando cada uno de tus movimientos desde la sombra. Cuando vuestras miradas chocan -y chocan constantemente-, el tiempo parece congelarse en medio del caos de la fiesta. Él no aparta la vista. Al contrario, sostiene el contacto visual con una intensidad que te hace flaquear las rodillas. Entonces, con una lentitud deliberada, Ben te dedica un guiño cómplice, una chispa de picardía que rompe su fachada de hombre serio. El efecto es instantáneo: sientes cómo el calor sube por tu cuello hasta invadir tus mejillas, tiñéndolas de un rojo que intentas ocultar bajando la cabeza, aunque una sonrisa involuntaria ya tira de las comisuras de tus labios. En uno de esos cruces de miradas, envalentonada por la adrenalina de la noche y la distancia que os separa, decides devolverle el golpe. Cuando él vuelve a atraparte mirándolo y te lanza ese guiño cargado de intención, tú no te escondes. Le sostienes la mirada, le sacas la lengua con gesto infantil y desafiante a la vez, y sueltas una pequeña risa que se pierde en el estruendo de la música. Él sonríe, una sonrisa auténtica que rara vez muestra, y por un segundo, el resto de la discoteca desaparece. Solo sois tú, él y esa tensión invisible que tira de la cuerda cada vez más fuerte, anticipando que, antes de que acabe el turno, algo está a punto de estallar. La euforia de ese último juego de miradas todavía te recorre el cuerpo cuando terminas de atender una de las mesas del fondo. Te recolocas el uniforme, sintiendo el pulso acelerado, y giras el rostro instintivamente hacia el lugar donde Ben estaba apoyado hace apenas un minuto. Pero, de repente, el hueco está vacío. Frunces el ceño, desconcertada. Tu mirada barre la zona VIP, buscando su figura imponente entre las sombras y las luces estroboscópicas, pero no hay rastro de él. Te das la vuelta por completo, oteando la barandilla y la entrada de la zona reservada, con una extraña sensación de vacío instalándose en tu estómago. Ben nunca abandona su puesto de forma tan abrupta. Tratando de disimular tu inquietud, recoges las bandejas con las comandas pendientes y te diriges a la barra principal. El jaleo allí es ensordecedor; el tintineo de los hielos y el ritmo frenético de los cocteleros te envuelven mientras dejas las notas sobre el mostrador de acero. Es entonces cuando una de tus compañeras, Sara, se acerca a ti secándose las manos en el delantal. Te mira de una forma extraña, casi con una chispa de complicidad contenida. -¡Lisa! -te grita para hacerse oír por encima del bajo de la música-. Menos mal que llegas. Estamos bajo mínimos con las existencias. ¿Puedes ir al almacén a traer más refrescos? Los necesitamos ya. -Sí, voy enseguida -respondes, tratando de recuperar el profesionalismo. Terminas de servir las últimas bebidas en las mesas asignadas, pero tu mente sigue dándole vueltas a la desaparición de Ben. ¿Se habría ido por algún problema de seguridad? ¿Habría terminado su turno sin decir nada? Te diriges hacia la puerta pesada que separa el brillo de la discoteca de la zona de servicio. Al cruzarla, el estruendo de la fiesta se amortigua de golpe, sustituido por el zumbido de las cámaras frigoríficas y el silencio tenso de los pasillos internos. Caminas hacia el almacén, con los pasos resonando en el suelo de cemento, sin sospechar que cada uno de tus movimientos ha sido fríamente calculado. No sabes que Sara no necesitaba esos refrescos con tanta urgencia; solo sabes que, al entrar en la penumbra del depósito, el aire se siente extrañamente cargado, como si el destino te estuviera esperando detrás de la puerta. El ambiente en el almacén es denso, cargado del olor a cartón húmedo y el metal frío de las estanterías, pero todo eso desaparece en el momento en que Ben te empuja contra la pared. El golpe de tu espalda contra la superficie rígida no te duele; solo sirve para anclarte a la realidad de su cuerpo, que se cierne sobre el tuyo como una tormenta inminente. Él no se precipita. Se queda un segundo ahí, con los brazos apoyados a ambos lados de tu cabeza, devorándote con la mirada, buscando cualquier rastro de duda o ese miedo que solías mostrar. Pero hoy no hay miedo, solo un desafío silencioso que él lee a la perfección. Cuando sus manos bajan con decisión hacia tu cintura, apretando con una urgencia que te corta el aliento, el mundo exterior -la música, los clientes, las comandas- se desvanece por completo. Entonces, sucede. Ben acorta la distancia y une sus labios a los tuyos en un beso que no tiene nada de tímido. Es una colisión de deseo contenido durante semanas. Sus labios son firmes, calientes, y presionan contra los tuyos con una intensidad que te hace arquear la espalda. Sientes el sabor de la adrenalina cuando su lengua pide paso, abriéndose camino en tu boca para reclamar un territorio que ya le pertenece. Te tienta con movimientos lentos pero potentes, explorándote como si quisiera memorizar cada rincón de ti. Tú respondes de forma instintiva. Tus dedos se enredan en la tela de su camiseta, tirando de él, desesperada por borrar cualquier milímetro de aire que quede entre vuestros pechos. El calor empieza a expandirse por tu vientre, una oleada de fuego que te hace sentir salvaje, olvidando quién eres y qué se supone que debes estar haciendo. Subes las manos hasta su nuca, sujetando su cabeza, hundiendo tus dedos en su cabello mientras lo atraes más hacia ti, profundizando un beso que se vuelve cada vez más apasionado y hambriento. En ese rincón oscuro del almacén, el tiempo se detiene; no hay pasado que te atormente ni futuro que te preocupe. Solo existe la fricción de vuestros cuerpos y el sonido de vuestras respiraciones entrecortadas fundiéndose en una sola, hasta que el eco de la voz de Mateo rompe el hechizo, dejándote con el alma en vilo y los labios encendidos. -¡Ben! ¿Estás por aquí? ¡Necesito que cubras la salida lateral, ahora! El hechizo se rompe con una violencia física. Ben se separa de ti apenas unos centímetros, lo justo para que el aire frío del depósito se cuele entre vuestros cuerpos, haciéndote temblar. Tus labios están hinchados, calientes, y tu pecho sube y baja con una rapidez que delata el incendio que acaba de ocurrir. Ben aprieta la mandíbula, y por un momento ves en sus ojos una chispa de frustración pura, de deseo interrumpido que lo vuelve casi peligroso. Él suelta un suspiro pesado, pasando una mano por su cabello antes de recuperar esa compostura de acero que lo caracteriza. -Tengo que seguir con el trabajo -dice, y su voz suena más grave de lo normal, todavía afectada por la cercanía-. No puedo distraerme más. Nunca lo he hecho... pero contigo parece que es distinto. Me veo más distraído con tu presencia. Sus palabras se hunden en ti, dejando una marca más profunda que cualquier beso. El hombre que nunca flaquea, el que siempre tiene el control, admite que tú eres su único punto débil. Se aleja un paso, pero antes de cruzar la puerta, se detiene y se gira. La luz tenue del pasillo recorta su silueta, haciéndolo parecer más imponente. -¿Pensaste en venir conmigo mañana a las peleas de la calle? -pregunta, directo, sin rodeos. El contraste entre la ternura del beso y la crudeza de su propuesta te deja sin aliento. -No sé aún... -balbuceas, intentando recordar quién eres fuera de estas cuatro paredes-. Mañana tengo clases y después tengo que estudiar. Mi futuro depende de esas notas, Ben. -Será por la noche -insiste él, su mirada fija en la tuya, como si pudiera leer tus ganas de decir que sí. -¿Realmente tengo que ver eso? -preguntas en un susurro, sintiendo un nudo de ansiedad-. No me gusta la idea de que tengas que pelear, de que alguien pueda hacerte daño. Ben esboza una sonrisa ladeada, una mezcla de arrogancia y algo que casi parece cariño. -No te voy a obligar a verme, pero me gustaría que estuvieras conmigo. -Realmente no estaría contigo, Ben. Tú estarías ahí abajo, luchando. Él da un paso corto hacia ti, reduciendo de nuevo la distancia, aunque esta vez no te toca. -Sí, pero el hecho de saber que estás ahí, entre la gente, mirándome... me hará sentir mejor. Me hará ganar. Esa confesión te desarma. ¿Cómo se supone que vas a decir que no cuando te pone el peso de su victoria en las manos? Asientes casi sin darte cuenta, incapaz de discutir con esa lógica tan personal y salvaje. -Envíame tu número para tenerlo en mi teléfono -te ordena suavemente. Sacas el móvil con manos temblorosas y le pasas el contacto. Sientes una punzada de impaciencia, un deseo absurdo de que el teléfono suene en tu bolsillo antes incluso de que él salga de la habitación. Quieres que te llame, quieres que te busque, quieres que te saque de tu rutina perfecta y segura. -Te recogeré en tu departamento sobre las 20:00h -sentencia él, marcando la cita como una ley inquebrantable. -Está bien a esa hora -respondes, tu voz apenas un hilo de seda. Ben no espera más. Se acerca a ti a la velocidad del rayo, te planta un beso rápido, casi robado, que te deja con ganas de más, y te guiña el ojo con esa complicidad que te vuelve loca. Luego, desaparece por el pasillo, dejándote sola en la penumbra. Te quedas allí, apoyada contra las estanterías de refrescos que habías venido a buscar, analizando el caos que ha dejado a su paso. El calor de su cuerpo sigue impregnado en tu piel, pero un frío repentino te recorre la espalda al pensar en lo que viene. Te sientes **salvaje**, indómita. Por primera vez en años, tu pasado no es más que una sombra borrosa; ahora solo importa el zumbido de la sangre en tus oídos y la cuenta atrás para las ocho de la noche. Tu vida académica parece un mundo lejano y aburrido comparado con el fuego que Ben ha encendido en ti. Sueltas un suspiro tembloroso y te obligas a moverte. Coges la caja de refrescos, aunque tus manos aún flaquean un poco. Tienes que salir ahí fuera, servir copas, sonreír a los clientes VIP y fingir que eres la misma Lisa de hace una hora. Pero mientras caminas por el pasillo hacia la barra, sacas el móvil de tu bolsillo y ves la pantalla. Pensamiento: ¿A quién pretendo engañar? Ya he decidido que voy a ir. Te muerdes el labio, dándole una última mirada a la zona donde Ben suele estar. No lo ves, pero sientes su mirada grabada en tu piel. La cuenta atrás para las ocho de la noche de mañana acaba de empezar, y por primera vez en mucho tiempo, no tienes miedo de lo que pueda pasar, sino ganas de que suceda.






