Mundo ficciónIniciar sesiónEl regreso a la rutina de la ciudad fue un choque de realidades. Lisa cruzó el umbral de su habitación y se dejó caer sobre la cama sin siquiera quitarse los zapatos. El techo de su cuarto parecía ahora el lienzo donde se proyectaban las imágenes del fin de semana: el azul del lago, la risa de sus amigas y, sobre todo, la figura imponente de Ben. Se pasó la mano por los labios, recordando lo cerca que había estado su aliento en la despedida, y una risa nerviosa y genuina escapó de su garganta. Con esa sensación de calidez en el pecho, el cansancio la arrastró a un sueño profundo y reparador que no dio tregua hasta las siete de la tarde.
El sobresalto al ver la hora en el móvil fue casi violento. -¡No, no, no! -exclamó, saltando de la cama mientras el corazón le martilleaba las costillas. Tenía el tiempo justo para borrar el rastro del sueño y transformarse en la camarera eficiente del Malibú. Se metió en la ducha, dejando que el agua caliente relajara sus músculos todavía entumecidos. Mientras se enjabonaba, no pudo evitar pensar en cómo Ben la miraría ahora que se habían visto "de verdad". Se vistió con rapidez: unos vaqueros negros que se ajustaban a sus piernas como una segunda piel y la camiseta del uniforme que resaltaba sus curvas de modelo, esas que ella siempre intentaba ignorar pero que hoy, por alguna razón, la hacían sentir poderosa. -- A las 9:00 en punto, Lisa cruzaba la entrada lateral del club. -¡Hola, Rodrigo! ¿Qué tal la tarde? -saludó al portero con una energía renovada. -Hola, guapa. Pues aquí vamos, otro turno en la jungla -respondió él con su habitual tono protector, abriéndole paso. Lisa se dirigió a la zona de taquillas con la guardia alta, esperando ver a Ben en cada esquina, pero él no aparecía. Allí se encontró con Sara y Gigi, que ya estaban retocándose el maquillaje frente al espejo. -Vaya cara de felicidad traes, Lisa -soltó Gigi con una sonrisa pícara-. Parece que el aire del lago te ha sentado de maravilla. -Ha estado genial, chicas. Hacía tiempo que no me desconectaba así -admitió Lisa mientras guardaba sus cosas. -Habrá que repetirlo, y pronto -añadió Sara, guiñándole un ojo. Al salir a la sala principal, el ambiente ya empezaba a cargarse de música y luces de neón. Entonces lo vio. Ben estaba de espaldas, hablando con el dueño del local. La polo negra de seguridad parecía a punto de reventar ante la tensión de sus hombros y la anchura de su espalda. Era una montaña de fuerza controlada. Lisa caminó hacia su puesto de trabajo intentando que sus pasos no delataran su nerviosismo. Cuando pasó justo por su lado, Ben, sin dejar de hablar con el dueño y sin siquiera girar la cabeza, movió su mano hacia atrás. Sus dedos largos y fuertes rozaron la palma de la mano de Lisa, una caricia eléctrica, breve y absolutamente clandestina. Lisa sintió una descarga que le recorrió toda la columna. Avanzó un par de metros, se detuvo y miró sobre su hombro; Ben acababa de girarse ligeramente, dedicándole una mirada tan intensa y cargada de fuego que Lisa tuvo que obligarse a seguir caminando para no quedarse allí paralizada. -- La noche fue un torbellino de bandejas, gritos sobre la música y miradas cruzadas entre la multitud. Cada vez que Lisa levantaba la vista, encontraba los ojos de Ben vigilándola, no como un guardia, sino como un hombre que reclamaba su espacio. A las 5:00 de la mañana, con las luces de limpieza ya encendidas y el olor a tabaco y alcohol disipándose, Lisa regresó de las taquillas lista para irse. Ben la esperaba apoyado contra la barra, con la mandíbula relajada pero la mirada despierta. -Buenas noches, señorita -dijo él, su voz resonando en el local vacío con un matiz aterciopelado. -A estas alturas, creo que ya deberíamos decir buenos días, ¿no? -rio ella, acercándose a él más de lo que solía permitir a cualquier hombre. -Tienes razón. Y después de un turno así, el cuerpo pide gasolina. ¿Te vienes a desayunar con nosotros? Es una tradición del equipo. Lisa aceptó con una sonrisa que ya no era tímida, sino cómplice. Se dirigieron a una cafetería de 24 horas cercana. Allí, rodeada de los chicos de seguridad y sus compañeras, Lisa se sintió parte de algo. --- Al entrar, el tintineo de la campana sobre la puerta fue la señal de inicio. El grupo de seguridad -hombres corpulentos que minutos antes parecían estatuas de piedra-se relajó en los asientos de cuero rojo. Lisa se hundió, sintiendo que sus músculos finalmente se desconectaban. El grupo no hablaba de grandes dramas, sino de la tragicomedia que es trabajar de noche. -Vale, ¿quién fue el genio que decidió que el baño de mujeres era el lugar ideal para un experimento botánico? -soltó Sara, dejando caer la cabeza sobre la mesa-. Había tres plantas de plástico de la entrada flotando en el lavabo. Javi soltó un bufido mientras masticaba un trozo de pan frío. -No me mires a mí. Yo estaba ocupado intentando convencer a un tipo de que no podía entrar con un hurón. -¿Un hurón? -Lisa arqueó una ceja, olvidando el cansancio por un segundo-. ¿De verdad? -"Es mi animal de apoyo emocional, oficial", me decía el muy idiota -imitó Javi con voz chillona-. Le dije que como el hurón no tuviera una entrada VIP, se iba a apoyar emocionalmente en la farola de la esquina. Ben, que seguía pegado a Lisa como si fuera su sombra, soltó una carcajada que le hizo vibrar el pecho. -Eso no es nada. ¿Nadie va a mencionar el incidente del extintor en la pista pequeña? Todo el grupo soltó un gemido de desesperación al unísono, excepto Lisa, que miraba a Ben esperando la explicación. -Un gracioso pensó que sería buena idea "refrescar" el ambiente -explicó Ben, inclinándose hacia ella, bajando el tono como si contara un secreto de estado-. El problema es que el polvo del extintor dejó a la gente blanca como si hubiera nevado en plena discoteca. El DJ parecía un dónut de azúcar. -¡Yo tuve que decirle a la gente que era un "efecto especial de nueva generación"! -exclamó Gigi, gesticulando con las manos-. Una chica me preguntó si el polvo era orgánico porque tiene alergia al gluten. ¡Al gluten del extintor, Lisa! -¿Y qué le dijiste? -preguntó Lisa, riendo a carcajadas. -Le dije que era polvo de hadas importado de Ibiza. Se quedó tan tranquila y siguió bailando -respondió Gigi encogiéndose de hombros. Ben aprovechó el jaleo de la mesa para acercarse más al oído de Lisa, ignorando a los demás por un momento. -Tú te perdiste lo mejor. Cuando fuimos a limpiar, encontramos un zapato de tacón dentro de la cubitera de la VIP 2. Solo uno. -¿Cómo llega un zapato ahí? -preguntó ella, girando la cara y encontrándose a escasos centímetros de los ojos de él. -Ese es el gran misterio de la noche -susurró Ben con una sonrisa de lado-. Como el hecho de que lleves diez horas trabajando y no tengas ni un solo pelo fuera de su sitio. Es sospechoso, Lisa. O eres una profesional o eres un holograma. -O quizás solo tengo un buen equipo de seguridad vigilando que nadie me despeine -le soltó ella, manteniendo la mirada. -¡Eh, tortolitos! -interrumpió Javi golpeando la mesa con una cuchara-. Menos susurros y más pasar las papas fritas. Que el drama del extintor me ha dado hambre y Ben se está comiendo todo el espacio personal de la nueva. Ben no se apartó, solo le guiñó un ojo a Lisa antes de alcanzar el plato de papas con una mano, mientras con la otra seguía rozando, casi sin querer, la silla de ella. Ben se sentó tan cerca de ella que podía sentir el calor de su brazo rozando el suyo. Hablaron de las anécdotas de la noche, de los clientes pesados y de las risas del fin de semana. --- -Yo te llevo a casa, Lisa. Dejo a las demás y luego voy contigo -sentenció Ben cuando pagaron la cuenta. -No hace falta, Ben, de verdad. Puedo pedir un taxi -intentó ella, aunque en el fondo deseaba quedarse a solas con él. -No acepto un no por respuesta. Quiero asegurarme de que llegas a tu puerta -insistió él con una firmeza que la hizo ceder. Tras dejar a Gigi y Sara, quienes lanzaron advertencias divertidas a Ben sobre "portarse bien", el coche quedó sumido en un silencio denso, pero no incómodo. El silencio se volvió cargado de una tensión que hacía que el aire pareciera más pesado. Cuando llegaron frente al apartamento de Lisa, Ben apagó el motor pero no desbloqueó las puertas de inmediato. -Ya estás a salvo en tu territorio, señorita -dijo él, girándose hacia ella. Sus ojos recorrían las facciones de Lisa con una mezcla de admiración y deseo contenido. -Gracias por el desayuno, Ben. Y por traerme. Me ha gustado mucho pasar este rato contigo. -A mí también. Me gusta tu compañía... me hace olvidar el caos del trabajo. Lisa bajó del coche, pero apenas había dado tres pasos cuando las luces del vehículo parpadearon. Se dio la vuelta y volvió hacia la ventanilla que Ben acababa de bajar. -¿Te gustaría acompañarme el miércoles? -preguntó él, su voz bajando un octavo de tono-. Tengo una pelea. -¿Una pelea? -Lisa sintió que el corazón se le encogía. Los traumas del pasado gritaban "peligro", pero la mirada de Ben transmitía algo diferente. -No te asustes. No voy a morir -sonrió él, y por un momento pareció un chico travieso-. Son peleas clandestinas. Es mi forma de sacar un extra para mi familia, para que no les falte nada. Me gustaría que estuvieras allí... Me gustaría que fueras lo primero que vea al bajar del ring. -Es peligroso, Ben... ¿y si viene la policía? ¿y si te hacen daño? -preguntó ella, su preocupación superando a su miedo. -Está todo bajo control. Nadie se atrevería a entrar allí -respondió él, extendiendo una mano para rozar la mejilla de Lisa con el dorso de sus dedos-. Confía en mí, Lisa. Nunca te llevaría a un sitio donde pudieras correr peligro. Lisa se quedó en silencio un segundo, perdida en la profundidad de sus ojos. El miedo seguía ahí, pero el deseo de estar cerca de él, de ver esa faceta salvaje y protectora, era mucho más fuerte. -Nos vemos esta noche en el turno, Ben -dijo ella, esquivando una respuesta directa pero dándole a entender con su sonrisa que el miércoles no lo dejaría solo. Entró en su portal sintiendo un hormigueo por todo el cuerpo. Sabía que se estaba metiendo en terreno peligroso, pero por primera vez en su vida, Lisa no quería huir. Quería ver hasta dónde podía arder ese fuego.






