Capítulo 28. El despertar de la leona.
Leonella seguía en el suelo de mármol de la villa, con las manos cubriendo su rostro mientras los sollozos le sacudían el cuerpo. Se sentía pequeña, una pieza de ajedrez en un juego de hombres crueles. Pero entonces, sintió un contacto que no esperaba. No fue una caricia de consuelo, fue un agarre firme y doloroso de Alessandra sobre su hombro.
—¡Levántate! —ordenó Alessandra con una voz que cortó el aire como un látigo—. Límpiate esa cara ahora mismo, Leonella. No te desmorones frente a mí.
Le