A la misma hora que deberían haber estado en la playa desayunando, como tenía planeado, Owen estaba sentado en la sala observando la puerta. Ni siquiera se había quitado la ropa de la noche anterior.
Estaba seguro de que no iba a cruzar por la entrada; sin embargo, la esperó. Y la esperó hasta que oyó que alguien entraba. El corazón se le aceleró tanto que le pegaba en las costillas. Se puso de pie; tenía un aspecto horrible.
—¿Anna? —preguntó.
—No, maldito infeliz —era Bob—. Te haces demasiada