La siguiente llamada de Elena no se hizo esperar demasiado. Dos días después, mientras estaba en su oficina, el teléfono comenzó a sonar. No respondió. De nuevo y de nuevo, con tanta insistencia como si ella no tuviera nada más que hacer que solo presionar el dedo sobre la pantalla.
—¿Qué quieres? —respondió por fin, irritado.
—Hola, mi amor. Sabes lo que quiero.
—¿Qué, ahora?
—Así es. Te dejarán subir sin problemas. Te espero.
Eran casi las 5 de la tarde. Cortó la llamada y golpeó el aparato s