42. Giros inesperados.
Un silencio se hizo tras aquellas palabras. Mis ojos, se abrieron con espanto centrándome en Olympia, quien dándome la espalda parecía querer echar a correr.
—Olympia... —susurré como acto reflejo, sosteniéndola de su brazo —, no te vayas, por favor.
Ella se giró, con la mirada desorientada, pero fingiendo una sonrisa amable.
—Estoy bien, les dejaré a solas —dijo con voz neutra —. Yo iré avanzando hasta la terminal. Allí te espero.
—No tardaré —prometí, recibiendo un suave beso que s