Cuando la mujer se dio la vuelta, ver su cara fue como si a Daniel le cayera un rayo. Se le bajó la borrachera.
—¿Quién es usted? ¿Lo conozco? —preguntó ella con nerviosismo.
Daniel cerró los ojos. Estaba perdiendo la cabeza. “En serio estoy alucinando”.
—Perdón —dijo con la voz ronca—. La confundí con alguien más.
La soltó y regresó tambaleándose a su mesa. Luego, agarró la botella y bebió de ella.
Todavía estaba demasiado sobrio. Necesitaba estar mucho más borracho; lo suficiente como para perder el conocimiento ahí mismo. Así, tal vez, Evelyn saldría de algún rincón y se lo llevaría a casa.
—¡Tú! ¿Qué te pasa con esa actitud? Solo es un trago. ¿Por qué te pones así? ¿A poco no sabes quién soy?
A unos metros, la mujer de antes fue rodeada por tres hombres.
—En serio, ¿ni siquiera sabes quién es el señor Victor Chapman? En serio que no tienes sentido común —dijo uno de ellos con tono burlón.
—Ya no pierdan el tiempo. A las mujeres como esta solo se les entiende a la fuerza —añadió otr