Cuando la mujer se dio la vuelta, ver su cara fue como si a Daniel le cayera un rayo. Se le bajó la borrachera.
—¿Quién es usted? ¿Lo conozco? —preguntó ella con nerviosismo.
Daniel cerró los ojos. Estaba perdiendo la cabeza. “En serio estoy alucinando”.
—Perdón —dijo con la voz ronca—. La confundí con alguien más.
La soltó y regresó tambaleándose a su mesa. Luego, agarró la botella y bebió de ella.
Todavía estaba demasiado sobrio. Necesitaba estar mucho más borracho; lo suficiente como para per