Daniel llegó corriendo al hospital en cuanto recibió la llamada, pero lo detuvieron antes de entrar al quirófano.
—¡Por favor, cálmese!
Daniel tenía los ojos rojos y llorosos. La culpa lo golpeó con fuerza. Le había fallado a Evelyn otra vez. No había podido proteger a su propio hijo.
—¿Cómo está Noah? —preguntó.
La enfermera observó al hombre que tenía enfrente. Se veía acabado, desesperado y temblaba sin control. Alguna vez fue un hombre imponente y pulcro; ahora, estaba en los huesos, con unas ojeras profundas y una palidez cadavérica que borraba cualquier rastro del hombre seguro de sí mismo que solía ser.
La enfermera suspiró.
—Noah está muy grave. Sufrió un golpe muy fuerte en la cabeza. Existe el riesgo de que quede en estado vegetativo.
A Daniel se le encendió la mirada por la furia.
—¿Dónde estaban los cuidadores? ¿Y las enfermeras? ¿Por qué nadie lo estaba vigilando?
—Señor Hayes, Noah sí estaba con un familiar en ese momento.
—¿Quién?
—Su tía, Zoe Wynn.
La enfermera tomó un