Daniel fue primero al hospital. La cirugía de Noah había salido bien, pero todavía no despertaba.
—Puede que Noah no quiera despertar por ahora —dijo la enfermera.
Daniel le tomó la mano a Noah y puso el oso de peluche quemado junto a su almohada.
—Todo es mi culpa.
Lo había guiado por el mal camino. Los había arruinado a los dos, tanto a Noah como a Evelyn.
—Te voy a traer a tu mamá. Si es que ella quiere verte —susurró.
Luego se levantó y se dirigió a la delegación. Antes de entrar, le sudaban las manos de los nervios. No sabía si Evelyn estaría dispuesta a regresar con él. Ni siquiera sabía si aceptaría recibirlo.
A estas alturas, ya no tenía derecho a pedir nada.
Si Evelyn decidía irse, no intentaría detenerla. Dejarla ir era lo único que podía hacer por ella.
Se obligó a respirar y juntó el poco valor que le quedaba. Entró al vestíbulo, pero sentía una presión muy fuerte por la ansiedad.
Se sentía igual que aquel invierno de hace años, cuando empezó a caer la primera nieve. Él le