—Abogado Campos, ¿acaso tiene fiebre? —preguntó Luciana, genuinamente desconcertada por su inexplicable enojo. Si no fuera por una fiebre que le hubiera afectado el cerebro, ¿cómo podría decir cosas tan absurdas? Cualquiera pensaría que eran pareja y que estaba celoso porque otros hombres la pretendían.
Sebastián suspiró con resignación. —¿De qué estás hablando?
—Nada, nada —se apresuró a responder Luciana con humildad, intentando salvar su trabajo—, solo me preocupo por su salud.
Sebastián la m