Alejandro, que ya llevaba días con malestar estomacal, se sintió peor después de probar el picante.
Frunció el ceño sin decir nada, pero aceptó tácitamente irse.
Se levantaron, pagó la cuenta y salieron del bistró.
Por el frío, había poca gente en la calle. Los pocos grupos que caminaban lo hacían juntos, protegiéndose mutuamente del viento helado.
María se encogió:
—Qué frío hace.
Esperaba que Alejandro la abrazara, pero él actuó como si no la hubiera oído y fue directo a abrir el auto.
María h