Luciana asintió, resignada.
—No deberías haber contestado el teléfono —dijo, después de un suspiro de dolor de cabeza.
No era que culpara a Sebastián.
El problema era que ahora ya no tenía forma de explicarle a su madre. A esas horas de la noche, con Sebastián contestando su teléfono, era natural que sus padres asumieran que habían estado juntos todo el tiempo.
Aunque, claro, sí lo habían estado. Pero no de la forma en que ellos imaginaban.
—Puedo acompañarte a ver a tus padres —dijo Sebastián.