Los ojos de Ricardo se abrieron de par en par.
Soltó una palabrota y corrió hacia la cabina del yate.
Joaquín reaccionó enseguida y fue tras él.
En la cabina, Alejandro estaba inclinado sobre los controles como un demonio furioso.
Sus ojos estaban rojos y fijos en el yate que tenían delante.
Ricardo trató de apartarlo mientras Joaquín corrió a tomar el timón y reducir la velocidad.
Alejandro apartó de un empujón a Ricardo.
—¿¡Qué haces!?
Ricardo solo lo miró, sin responderle.
Se dirigió a Joaquí