Andrés colgó la llamada de una vez.
—¿De verdad no puedes darme una oportunidad? —la miró con furia.
Él ya lo había descubierto todo. Aunque Luciana siguiera fingiendo, Andrés no le creería.
Ella ya no ocultó su desprecio.
—Andrés, jamás imaginé que escondieras tanta maldad. ¿Sabes? Ahora mismo me das tanto asco que podría pisarte como a una cucaracha. ¡Ni loca dejaría que me pongas un dedo encima!
Andrés alzó una ceja.
—¿Te doy asco?
—Bien, bien, ¡perfecto! ¡Entonces voy a hacer que te mueras d