Recobrando el aliento, marcó directamente el número de Jazmín.
—El número que marcó no está disponible.
Volvió a llamar, una y otra vez: nada.
Al final, el móvil entró en modo apagado.
—¡Maldita sea, perra! —gritó, estrellando el teléfono contra el suelo.
Creyó que Jazmín se había rendido; no imaginó que solo fingía y guardaba un as bajo la manga.
Si no conseguía el dinero, aquel padre parásito divulgaría todos sus secretos.
Quedaban David… y los padres de Jazmín.
Respiró hondo, recogió el celul