¡Pum! La puerta de la habitación se abrió de una patada.
Emma, que revisaba el celular recostada en la cama, pegó un brinco; la cara se le puso lívida.
La última persona que quería ver acababa de aparecer: su padre biológico, Bas, perdido de su vida hacía más de diez años.
—¿Qué haces aquí?
Emma se enderezó de golpe, entre el susto y la furia.
Bas, apoyado en el marco, dibujó una sonrisa grasienta: —¿Cómo? ¿Ni las gracias por venir a ver a tu papá?
—No me provoques —respondió Emma con frialdad—.