Tres años después.
David llegó del trabajo, se sirvió un trago amargo y se sentó con la foto de Jazmín entre las manos.
En la imagen, ella sonreía radiante con un vestido blanco; él sentía que jamás había merecido su amor.
Quizá sí lo tuvo, pero lo trató como algo obvio y nunca lo valoró.
Desde que Jazmín se fue, su dolor crecía sin límites, hasta dejarlo sin aliento.
—¡Deja de vivir como si quisieras morirte! —le espetó Betty, recién llegada de la escuela—. ¿Por qué no la trataste mejor cuando