Nora
La ciudad ha recuperado sus derechos. El ruido de los motores, el silbido lejano de un tren, los ecos de voces indiferentes. El mundo sigue. Es una ofensa. ¿Cómo se atreven? ¿Cómo puede la vida continuar su curso estúpido mientras la mía se acaba de romper en mil fragmentos de vidrio afilados?
Permanezco en el banco, el metal frío que ha terminado por anestesiar mis muslos. Soy una cáscara vacía, un receptáculo donde las palabras de Clémence se han derramado, han germinado y lo han devorad