NORA
Él está allí.
Sentado detrás de su escritorio, masivo, inmóvil, con los codos apoyados en la madera oscura, las manos juntas frente a él como un juez que espera la comparecencia de su acusada. La habitación parece hecha para él: vasta, acristalada, pero sofocante a pesar del espacio, saturada de su presencia. Incluso el silencio tiene su olor, su peso, su mordida.
Pero son sus ojos los que me clavan. Dos láminas oscuras, fijas, que lo engullen todo, cada gesto, cada temblor, cada aliento