El vuelo transcurrió en silencio. Yo no tenía fuerzas para seguir discutiendo y él… él simplemente cruzó los brazos, miró por la ventanilla como si nada de lo que había pasado le importara realmente. A pesar de todo, a pesar del orgullo y la rabia, el cansancio me venció.
Me quedé dormida. Ahí, al lado de él, con el corazón enredado y la cabeza a punto de estallar. Ni siquiera me di cuenta en qué momento aterrizamos.
Desperté con el golpe seco del tren de aterrizaje tocando pista. Me incorporé