La puerta se cerró con un golpe seco y sentí que algo dentro de mí también se rompía. Se fue. Esta vez de verdad. No dije nada. No lloré. Solo me quedé de pie, en silencio, respirando hondo, como si pudiera contener con aire todo lo que me estaba ahogando por dentro.
Arrastré mi maleta hasta la habitación. El sonido de las ruedas contra el piso retumbaba en la casa. La tiré sobre la cama y la abrí sin pensar demasiado. Necesitaba hacer algo con las manos, con la cabeza, con este corazón que no