—¿Eso es todo lo que vas a comer? —preguntó Fabian con el ceño fruncido, antes de que pudiera irme.
—Estoy bien —respondí sin mirarlo, tomando mi bandeja para levantarme.
—No has comido nada, Ana —insistió con molestia.
—Se me acabó el apetito —le respondí cortante, pasando a su lado.
—Ana… —gruñó, molesto.
No le respondí. No esta vez. Caminé con calma, sintiendo su mirada quemándome la espalda, como si esperara que me volteara, como si aún creyera que podía ordenarme cuándo hablar, cuándo call