Volví a mi habitación sin decir una sola palabra.
El eco de los tacones de Verónica en el pasillo seguía rebotando en mi mente, igual que su maldita sonrisa. Me encerré y apoyé la espalda en la puerta. Solo entonces solté el aire que no sabía que estaba conteniendo. Caminé hasta la cama, sin fuerzas para quitarme siquiera los zapatos, y me dejé caer sobre las sábanas.
No lloré.
No grité.
Solo cerré los ojos y deseé no haber venido nunca.
Me quedé dormida así, vestida, con el corazón deshecho, a