Capítulo 49

Volví a mi habitación sin decir una sola palabra.

El eco de los tacones de Verónica en el pasillo seguía rebotando en mi mente, igual que su maldita sonrisa. Me encerré y apoyé la espalda en la puerta. Solo entonces solté el aire que no sabía que estaba conteniendo. Caminé hasta la cama, sin fuerzas para quitarme siquiera los zapatos, y me dejé caer sobre las sábanas.

No lloré.

No grité.

Solo cerré los ojos y deseé no haber venido nunca.

Me quedé dormida así, vestida, con el corazón deshecho, a
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