De la nada, Fabián se detuvo. Me miró con intensidad, con esa mezcla entre furia y deseo que me desarmaba sin aviso. Su boca se apoderó de la mía con rabia, con enojo… con dolor. Y yo, como una maldita tonta, ya estaba rendida a sus pies.
—**¿Estás segura, Ana? ¿De verdad quieres dejar esto?** —susurró contra mi cuello mientras lo llenaba de besos que ardían.
Solo fueron unos toqueteos, unos suspiros a medias, y ya me tenía atrapada otra vez.
**¿Qué putas me pasa? ¿Por qué siempre vuelvo?**
—**