Volví a concentrarme en mis obligaciones, tratando de ignorar el sabor amargo que me dejó ese encuentro con Verónica y Fabián. Aun así, no podía dejar de notar su aire de superioridad mientras salía de la oficina, balanceando las caderas como si el mundo le perteneciera.
A los pocos minutos, escuché mi nombre.
—**¡Ana!** —rugió la voz de Fabián desde el pasillo.
Antes de poder reaccionar, lo tenía frente a mí. Me haló del brazo con fuerza y me arrastró hasta su oficina. Cerró la puerta de golpe