Empecé a escuchar los gemido de esos dos malditos y la vista se me terminó de nublar. Abrí la puerta de una patada y los encontré a ambos acostados en MI CAMA, desnudos y con el tipo entre las piernas de esa maldita dándole estocada tras estocada.
«¿Qué esperabas imbécil? ¿que estuvieran jugando a las venciditas?»
¿Me dolió? ¡por supuesto que me dolió! pero, por increíble que fuera, lo que más me dolía no era verlos en el acto, era lo que les había escuchado hablar...
El disparo al aire sonó