Alaia Kendrick
El silencio que siguió a la tormenta era denso, cargado con el eco de nuestros jadeos y el crepitar de la chimenea que, desde la planta baja, parecía apenas un susurro. Alexander acariciaba mi rostro con una suavidad que me resultaba casi dolorosa; sus dedos trazaban el contorno de mis pómulos, deteniéndose en mis labios con una posesividad que no necesitaba palabras para hacerse sentir. Mis pensamientos, sin embargo, eran un nido de víboras. "Sé mi pareja", me había dicho mient