Alexander Sinclair
La dejé caer con una delicadeza que no
correspondía al huracán de emociones que me desgarraba por dentro.
Mientras ella se acomodaba sobre las sábanas de seda, la penumbra de la habitación parecía estrecharse, convirtiendo nuestro refugio en una arena donde el deseo y el castigo iban a librar su propia batalla. Me quedé un segundo de pie frente a ella, observándola. Estaba allí, desnuda ante mí, despojada de todas sus defensas, con el rostro marcado por la intensidad de