Alaia Kendrick
Sus dedos recorrían mi rostro con una lentitud que me obligó a concentrarme en cada milímetro de su piel rozando la mía. Me quedé mirándolo fijamente, atrapada en la profundidad de sus ojos oscuros que, tras la entrega total de la noche, parecían haber perdido cualquier rastro de frialdad. El silencio en la habitación no era vacío; estaba cargado con la electricidad de lo que acabábamos de vivir y con la inmensidad de lo que estábamos empezando a construir. Alexander no decía na