En una isla paradisíaca, George cubría de besos la suave y blanca piel de su esposa.
–Eres exquisita.
–Y tú eres muy fogoso, no te imaginaba así.
–Claro que tenías que haberlo imaginado, nuestras conversaciones no eran frías.
–Ay por favor, incluso yo dije algunas cosas en nuestras conversaciones telefónicas que pudieron haberte hecho creer que era una experta.
–Y no lo eres, lo pude comprobar en el avión, realmente estábamos demasiado