En Roma, Adrián daba muestras de franca recuperación y los médicos eran más optimistas a la hora de dar sus informes, lo que estaba devolviéndole la esperanza a Evana, quien cada momento libre lo pasaba al lado de su hijo mayor.
En una de las visitas de su padre estaba lo suficientemente despierto y hacía gala de una lucidez que conmovió a su madre hasta las lágrimas, quien lo besó tiernamente agradeciendo por su mejoría.
–Hola papá, ¿y George? No lo he visto estos días.