A las siete con cuarenta y cinco minutos de la noche, Mary Ann se subía al automóvil que había rentado George, él caballerosamente le abrió la puerta del vehículo para luego acomodarse en el asiento del conductor, en silencio emprendió camino hacia el restaurante que seleccionó previamente.
Una música suave sonaba en el reproductor y, aunque ninguno hablaba no se sentían incómodos, Mary Ann miraba al frente para poder verlo de soslayo de vez en cuando; George fijó la vista en el camino y atendí