A pesar de todo, él seguía sin darle ni un rayo de esperanza.
No quería a ese niño.
Su actitud no había cambiado ni un ápice desde el principio.
Su respuesta simple y firme fue como una espada afilada, cortando todas sus esperanzas.
Irene soltó lentamente la mano de Robin.
—Lo siento.
Dijo en voz baja.
No sabía a quién se dirigía.
Quizás a Robin.
Quizás al niño en su vientre.
O quizás... a sí misma.
—Lo siento...
Cerró los ojos, y una lágrima se deslizó silenciosamente desde la esquina de su ojo