—¡Todo es por ti, destructora de vidas! ¡Todo es por ti que mi hija está así, te juro que te lo voy a hacer pagar! ¿Por qué? ¿Por qué no puedes perdonar a mi hija? ¡Ella aún es una niña!
La voz del hombre se oía cargada de ira.
Pero Irene ya no podía oír claramente.
Lo único que podía sentir era el dolor.
Un dolor agudo en el abdomen que no la dejaba respirar.
—¿Irene? —Hugo se acercó rápidamente, al ver el rostro pálido de Irene frunció el ceño al instante. —¿Cómo estás?
Irene agarró la mano de