Se inclinó sobre mí y sus dedos —gruesos, callosos y con olor a cigarrillo— agarraron la mordaza. La tela me rozó los labios agrietados al arrancarla. Por un instante, me quedé allí sentada, moviendo la mandíbula, sintiendo el dolor en las articulaciones donde la tela me había apretado durante horas. Tenía la lengua seca, pegada al paladar. La pasé por los dientes, saboreando las fibras de algodón y el miedo.
"Sé que tienes mucho que decir", dijo con voz suave, casi juguetona. Como si fuera un