El pasillo rezumaba un olor a lejía y algo rancio debajo, de esos que se te pegan a la ropa y se quedan ahí mucho después de irte. Las luces del techo eran fluorescentes, y hacían que todos parecieran un poco más enfermos de lo que realmente estaban, zumbando débilmente en el silencio entre pasos.
El Dr. Vandrese entró por la puerta desde la habitación contigua con su libreta en la mano y la mente ya en tres lugares a la vez.
Apenas había dado cuatro pasos en el pasillo cuando la enfermera sali