Remi no se movió.
Se quedó exactamente donde la había encontrado el agua, con los pies plantados en el pavimento como si algo debajo se hubiera endurecido y la hubiera inmovilizado. Sus brazos colgaban a los costados, sueltos y olvidados, como si las señales de su cerebro hubieran dejado de llegarles. Tenía la mirada fija en su rodilla, en la piel debajo del moretón, la piel rosada, limpia y sin marcas que ahora estaba allí, a plena vista, diciendo todo lo que necesitaba decir sin emitir un sol