El puñetazo surgió de la nada.
Un segundo, Mateo estaba de pie sobre mí con el cuchillo reluciente en la mano, cuya hoja reflejaba la tenue luz que se filtraba por las sucias ventanas del almacén. Al segundo siguiente, su cabeza se giró bruscamente hacia un lado como si alguien la hubiera tirado con una cuerda invisible. Oí el crujido antes de comprender lo que había pasado: nudillos chocando contra el hueso, carne contra carne, el húmedo golpe del impacto que me revolvió el estómago.
Entonces,