El puñetazo surgió de la nada.
Un segundo, Mateo estaba de pie sobre mí con el cuchillo reluciente en la mano, cuya hoja reflejaba la tenue luz que se filtraba por las sucias ventanas del almacén. Al segundo siguiente, su cabeza se giró bruscamente hacia un lado como si alguien la hubiera tirado con una cuerda invisible. Oí el crujido antes de comprender lo que había pasado: nudillos chocando contra el hueso, carne contra carne, el húmedo golpe del impacto que me revolvió el estómago.
Entonces, llegó el uppercut. Rápido y brutal. Tan rápido que casi lo pierdo. Mateo levantó la mandíbula de golpe, y vi cómo sus ojos se agrandaban de la sorpresa, las pupilas dilatándose al sentir el dolor en su cerebro. Ni siquiera tuvo tiempo de levantar las manos antes de que la patada impactara: un golpe giratorio que cortó el aire con un silbido agudo. El talón le impactó en la sien, y juro que sentí la vibración a través del suelo bajo mis pies.
No pude ver quién lo había hecho. El hombre estaba de