“Yo… yo…”
La palabra murió antes de que pudiera cobrar vida.
La boca de Santiago permaneció abierta, la mandíbula moviéndose lentamente, la lengua apretando la parte posterior de los dientes como si intentara empujar algo a través de una pared inmóvil. Su mirada se dirigió al rostro de su padre, luego al suelo, luego a la pared, en algún lugar detrás del hombro izquierdo de su padre, y luego de nuevo al rostro de su padre. Sus dedos encontraron el reposabrazos de la silla y se curvaron alrededo