La abuela avanzó hacia ellos con pasos firmes y decididos, su mirada era un látigo que podía cortar cualquier intento de mentira.
—¡¿Qué haces aquí, Fely?! —su voz temblaba de indignación, pero también de sorpresa.
Fely, con una sonrisa calculada, soltó al hombre que sostenía.
Sus ojos brillaban con una mezcla de desafío y astucia.
—Yo… vine a felicitarlos, abuela —dijo, señalando con delicadeza una caja envuelta en un papel elegante y brillante que llevaba entre las manos—. Traje un regalo.
Si