Cuando los pasos se alejaron por el pasillo, Mayte no pudo evitar mirar atrás.
La tenue luz de la luna se colaba por la ventana, iluminando apenas la silueta de un hombre que permanecía quieto, observándola.
Lo reconoció de inmediato, aunque solo por nombre y rumores.
Era Manuel Montalbán, el hermano infame de Martín, aquel que la gente solía llamar “el loco”.
De niño, decían, era un peligro ambulante; de adulto, se había convertido en algo peor: una fuerza impredecible, una hierba mala que nad