Maryam y Hernando llegaron al hospital a toda prisa.
El aire olía a desinfectante y el sonido metálico de los carritos de enfermería resonaba por los pasillos.
Hernando caminaba con pasos largos, rígidos, mientras Maryam apenas podía mantener el ritmo; su respiración estaba entrecortada, no solo por el apuro, sino por la angustia.
El corazón le latía tan fuerte que sentía que se le iba a salir del pecho.
Al llegar a la habitación, vieron a la abuela dormida. Su rostro estaba pálido, pero respira