—¡Te pudrirás en la cárcel! —Hernando escupió esas palabras con una furia contenida, antes de girar sobre sus talones y salir del lugar con paso firme, pero con el alma hecha pedazos.
El aire afuera era sofocante, pesado como el peso de la culpa que comenzaba a hundirse en su pecho.
Caminó unos metros, respirando con dificultad.
Cada inhalación traía un recuerdo de Maryam: su voz temblorosa, sus ojos heridos, sus súplicas que él había ignorado.
“Maryam… he sido tan injusto contigo —pensó, lleván