Maryam lo miró con una mezcla de horror y desconcierto. Su corazón palpitaba con fuerza, no sabía si por rabia o por miedo.
La voz de Hernando, grave y contenida, resonaba en la habitación como una sentencia.
Ella intentó arrebatarle el diario, pero él lo sostuvo con fuerza y continuó leyendo con una expresión entre nostalgia y tormento.
—¡Voyerista! —gritó ella, exasperada—. ¡No tienes derecho a leer eso!
Hernando la ignoró. Su voz tembló apenas al pronunciar las palabras escritas con aquella t