El auto rugía como un motor que no tenía descanso; las manos del jefe de seguridad clavadas en el volante marcaban el ritmo urgente del viaje.
Manuel, en el asiento del copiloto, estaba clavado en la piel del asiento, la mirada perdida entre el parabrisas y un deseo rígido: recuperar a Mayte.
Su respiración era corta, irregular; cada kilómetro lo devoraba un poco más.
Se sentía a la vez frío y áspero por dentro, una mezcla de rabia, culpa y una necesidad inmensa de no permitir que esa familia s