Días después.
Manuel llegó temprano a la empresa.
La oficina, aunque impecable, respiraba tensión.
Se sentó frente a su escritorio, abrió los informes financieros y frunció el ceño.
Las cifras eran un desastre. El legado que tanto había costado construir a su abuelo se estaba viniendo abajo por las malas decisiones de Martín.
Suspiró, apoyando los codos sobre el escritorio y llevándose las manos al rostro.
A pesar del cansancio, una chispa de determinación brilló en sus ojos.
No iba a rendirse.