Mayte detuvo el beso, su corazón latiendo con fuerza en su pecho.
—Manuel… —su voz apenas fue un susurro, pero contenía todo el peso de su incertidumbre.
—Yo nunca te dejaré ir —respondió él, su mirada intensa como un fuego que no se apagaba—. No quiero el divorcio. No vuelvas a mencionarlo. Eres mía, ¡solo mía!
Las manos de Manuel comenzaron a desabotonar su camisa, revelando su torso musculoso, una obra de arte que Mayte había admirado tantas veces.
Sus ojos se tornaron oscuros, llenos de dese