—¡No te cansas de ser un estorbo! —la voz de Ilse retumbó como un látigo que pretendía seguir marcando la piel de su hijo.
Él rio, una risa amarga, cargada de un dolor que no se permitía mostrar.
Ella, furiosa, levantó la mano para volver a golpearlo, pero él la detuvo con firmeza.
—¡Ya basta! —exclamó con una fuerza que hizo temblar incluso a ella—. No soy el niño al que podías humillar a tu antojo.
Los ojos de Ilse se abrieron de par en par, incapaces de reconocer al joven que ahora la enfrent